Published On:
Publicado por CONSENSO DELICIAS
85 años del PRI: nada que celebrar
Los cambios en el PRI, acumulados a lo largo de 85 años, podrían
verse de manera clara en la forma en que este partido opera en las
elecciones, pues de la “operación tamal” y el “ratón loco”, que por
décadas se usaron para conseguir votos, ahora echan mano de las tarjetas
electrónicas Monex o Soriana para ganar.
El PRI no ha cambiado
nada en su estructura ni en las formas de relacionarse internamente. El
“dedazo” sigue igual y la traición, retratada magistralmente en La sombra del caudillo de
Martín Luis Guzmán, es parte de los usos y costumbres de este partido
que, luego de 12 años de ausencia en el poder presidencial, retornaron
con el grupo Atlacomulco a la cabeza.
Desde 1999, el PRI no
festejaba su aniversario con el presidente de la República como líder
máximo. Ese año el entonces presidente Ernesto Zedillo ya había impuesto
la “sana distancia” con el partido a fin de quitarle esa figura de
partido de Estado y de gobierno que hoy con Enrique Peña Nieto vuelve a
tener.
En esos 12 años, el PRI no renovó cuadros ni tampoco su
estructura basada en sectores y comités distritales, quizá lo único
nuevo fue que los hijos de varios de sus gobernadores tomaron puestos
clave dentro y fuera del partido y que algunos de sus personajes
emblemáticos, como Elba Esther Gordillo, salieron luego de traicionar a
los candidatos presidenciales y formar su propio partido.
Desordenado
y sin rumbo, el mítico grupo Atlacomulco del Estado de México, el único
que ha sobrevivido al tiempo, se apoderó del partido asociándose con el
de Hidalgo (Miguel Ángel Osorio Chong y Jesús Murillo Karam), con la
vieja guardia de operadores (Emilio Gamboa y Manlio Fabio Beltrones),
los técnicos de la economía (Luis Videgaray), y con Carlos Salinas de
Gortari para unir fuerzas y mañas y recuperar la Presidencia.
Una
vez recuperada la silla presidencial, los priistas iniciaron la segunda
etapa de las políticas neoliberales emprendidas por Miguel de la Madrid y
Carlos Salinas de Gortari con reformas a la Constitución en los
sectores energético, educativo, laboral y el campo.
Ese ha sido el
regreso al poder presidencial del PRI con Enrique Peña Nieto a la
cabeza y con sus nuevos aliados: los dueños de las televisoras, a
quienes no sólo les ratificó sus espacios de poder y de riqueza, también
les cedió un lugar en el Congreso de la Unión. Se trata de la
conclusión de las políticas neoliberales dictadas por Washington desde
1985 con la venta de las riquezas nacionales, la debilitación de la
función social del Estado y la apertura del mercado interno a las
empresas trasnacionales.
El festejo de los priistas fue sólo de
ellos y para ellos. A las afueras de la sede nacional del PRI no había
gente festinando el retorno de un grupo político que se ha enriquecido,
que tiene a varios de sus integrantes señalados por corrupción,
connivencia con el crimen organizado, riqueza inexplicable, robo a la
nación e impunidad y, que ahora, planea quedarse más tiempo con las
riendas del país en sus manos.
Los priistas se reunieron y
realizaron su propio ritual de poder, mientras que en el resto del país
prevalece la violencia, la pobreza y la marginación, el temor a perder
el trabajo o, aún peor, la vida ante el crimen organizado, que sigue
creciendo en su poder a pesar de que las figuras más representativas
como El Chapo Guzmán sean aprehendidas, pues se trata de una estructura
que muchas veces se funde con la del propio poder.
